Había tensión, cruces ideológicos y un clima cada vez más áspero entre los aspirantes a liderar la Coalición Nacional. Pero nada de eso terminó siendo lo más comentado de la noche. El momento que arrasó con todo llegó cuando el senador carxofiano Akim Omiri, figura cada vez más visible y también más controvertida de la interna, respondió una pregunta aparentemente menor del público y detonó uno de los episodios más insólitos de toda la campaña. La consulta, leída al aire por el presentador en tono distendido, parecía pensada para aflojar un poco el clima del debate:
“Al señor Omiri, come bien?, que coma más, que está muy flaco.”
Hubo sonrisas en el estudio. Algunos candidatos miraron al senador esperando una salida simpática, un comentario liviano, alguna broma sobre su aspecto. Pero Omiri eligió otro camino. Sin incomodarse, sin corregirse y sin el menor intento de suavizar lo que estaba diciendo, respondió con tranquilidad:
“Como sopa de gato y perro, es un plato típico de Carxofia.”
Durante unos segundos, el estudio quedó congelado. La frase cayó con un peso extraño, entre la perplejidad, el absurdo y la incomodidad. Nadie pareció tener muy claro si Omiri estaba buscando provocar, si hablaba en serio o si simplemente había decidido reivindicar una costumbre gastronómica que fuera de Carxofia resulta tan brutal como extravagante. Pero el senador no mostró dudas. Lo dijo con una serenidad casi pedagógica, como quien aclara un dato elemental que todos deberían conocer.
Y con eso bastó.
En cuestión de minutos, el fragmento comenzó a circular por todas partes. El video se replicó en redes, grupos políticos, programas de comentarios y cuentas dedicadas a la sátira electoral. La frase fue convertida en meme, en remate, en montaje, en gif y en material de campaña negativa. Pero también, en ciertos círculos carxofianos y entre simpatizantes de Omiri, fue defendida como una muestra de autenticidad brutal, de esas que ningún político profesional se animaría a exhibir. Porque si algo distingue a Akim Omiri dentro de esta primaria es precisamente eso: su empeño en no parecerse a nadie más. El Senador recién electo por la República Josanista y Plurinacional de Carxofia, Omiri se presenta como una rareza dentro de una coalición dominada por tradiciones conservadoras. Woke, provocador, hostil a la socialdemocracia, partidario de empujar todo el sistema político hacia la izquierda desde dentro de una estructura de derechas, el dirigente lleva meses construyendo un perfil que mezcla radicalismo cultural, discurso de ruptura y un gusto evidente por incomodar a propios y ajenos.
No por nada ya había dejado otras frases de alto voltaje, como su llamado a construir una Coalición Nacional “de las izquierdas, de las mujeres, de las Repúblicas y de los transexuales”, o su defensa de una futura Unión de Repúblicas Socialistas Sianesas organizada por tratado y no por constitución. Pero aun en ese historial de definiciones explosivas, la reivindicación de la sopa de gato y perro parece haber tocado una fibra distinta. No se trató solo de una consigna ideológica, ni de una provocación doctrinaria, ni siquiera de una crítica al sistema. Fue algo mucho más simple y al mismo tiempo más difícil de manejar políticamente: una afirmación cultural brutal, dicha además con orgullo.
Desde el entorno del senador intentaron convertir la controversia en una discusión sobre identidad y respeto a las tradiciones de los pueblos. Señalaron que Omiri no hizo más que responder con honestidad y que la escandalización posterior responde, en buena medida, al prejuicio con el que ciertos sectores miran todo lo que proviene de Carxofia. En esa lectura, el episodio no hablaría tanto de Omiri como de la incomodidad que genera una república plurinacional, josanista y radicalmente ajena a los códigos de corrección superficial del centro político sianés.
Sus adversarios, naturalmente, vieron otra cosa. Para ellos, la escena confirmó que Omiri es un candidato imposible de controlar, propenso a desbordar cualquier marco y capaz de dinamitar una campaña con una sola frase. En un espacio donde muchos ya lo consideran un cuerpo extraño, el episodio refuerza la sospecha de que su candidatura puede entusiasmar a sectores marginales o ultrasensibilizados por el discurso identitario, pero también espantar a votantes tradicionales que no quieren ver a la Coalición Nacional convertida en una plataforma experimental de extravagancias culturales y provocaciones permanentes. Pero reducir todo a una anécdota pintoresca sería un error. Lo que hizo Omiri no fue solamente escandalizar: fue volver a instalarse en el centro de la escena. En una interna repleta de candidatos previsibles, discursos prolijos y frases prefabricadas, él consiguió que todo el mundo hablara de él. Otra vez.
Y esa quizás sea la clave de su juego.
Porque mientras el resto discute porcentajes, pactos y encuestas, Akim Omiri se dedica a otra cosa: a alterar el clima, a desacomodar el tablero, a romper el lenguaje habitual de la política. A veces lo hace con definiciones ideológicas. A veces con fórmulas de agitación cultural. Y a veces, como ocurrió esta vez, con una sola frase dicha al pasar, suficiente para convertir una pregunta menor sobre su delgadez en un terremoto mediático de escala nacional. En la noche más extraña de la primaria, Omiri no habló de táctica electoral ni de alianzas parlamentarias. Habló de sopa de gato y perro. Y, al hacerlo, recordó algo que sus aliados celebran y sus enemigos padecen: que él no compite para caer bien, sino para volverse imposible de ignorar.
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